viernes 11 de diciembre de 2009
No Girl So Sweet
In came the girl with the saddened eyes
And asked him over again and again
"Was I too weak ? Was I a child ?
And can't we leave here and start again ?"
And I love you
Said "I don't mind if you take me down"
And "I don't mind if you break it all"
But "how much more can you take from me"
"How much more can you take from me"
"I'd like to take you inside my head"
"I'd like to take you inside of me"
"You came from heaven is all he said"
"You came from heaven and came here to me
And I love you"
He drove it fast to make the night
And looked at his angel where she lay
Resting her head and closed her eyes
And outside the heat and the summer fades
Deep in the sky a storm he'd seen
Deep in the sky a storm he'd seen
"There ain't nothing no girl so sweet"
"Took her from heaven and gave her to me"
"Took her from heaven and gave her to me"
"Took her from heaven and gave her to me"
"Took her from heaven and gave her to me"
"Took her from heaven and gave her to me"
--pj harvey
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domingo 6 de diciembre de 2009
YouTube - Mohammed - The Dandy Warhols - Live @ Abart Club Zurich
Dandy Warhols Mohammed lyrics
Again and again
I get up and say
I only want to get it right
I only want to do the right thing
but all these demons harass my soul
I won't be today
I'm alone again
no one can make that alive
no one can say they're better, not when
all this freedom you get is a lie
again and again
YouTube - Mohammed - The Dandy Warhols - Live @ Abart Club Zurich
viernes 27 de noviembre de 2009
todos fuimos jóvenes escritores
todos fuimos jóvenes escritores
todos fuimos jóvenes escritores
“Todos fuimos jóvenes escritores...”, me dijo alguna vez un amigo hace tiempo. Y en ese entonces no éramos viejos, pero tampoco éramos jóvenes. ¿Qué es lo que está en medio? ¿Un manuscrito, una plaquette, una primera obra publicada?
Empecé a editar libros en 1993, un tanto llamado por los libros y otro tanto forzado por el destino. Vivía en la colonia Portales, en la calle de Victor Hugo. Era soltero, sin hijos y estaba embobado con algunos poetas surrealistas. Planeta estaba en frente al Parque Hundido, donde sucede un cuento memorable de José Emilio Pacheco: después de comer me adentraba ahí y esperaba encontrarme con una historia tan buena como la suya. Tenía 21 años, quería escribir y ya había decidido que sólo sería poesía. Todavía pretendía estudiar antropología social en la ENAH e iba en las mañanas allá por Cuicuilco y luego en la tarde me trasladaba a la colonia del Valle. Poco a poco fui aceptando que no era buen estudiante, que sólo iba para estar con mis amigos y para beber en El Jarocho, a dos cuadras de la ENAH, la cantina más auténtica que me he topado en la vida. Era divertido, pero no iba a ningún lado.
Jaime Aljure, director editorial en esos años de Planeta, me había llamado unos meses antes para decirme la ridícula cantidad que podrían pagarme por ser “asistente editorial”. Yo estaba en la casa de mis padres, en Cuautla, y sólo atiné a decir “¿cuándo empiezo?”. Mucho después aprendería a negociar; no pensé en el dinero: creo que sólo imaginaba lo que sería estar rodeado de libros. Antes le había hecho un par de dictámenes y un día le pregunté si no podría estar de planta, media jornada. Dijo que lo iba a pensar y que me llamaría después. Ese día empecé mi verdadero oficio que, como dice Tomás Segovia, nunca dejará de ser artesanal.
La oficina de la colonia del Valle era más bien silenciosa. Ahí me dieron un cubil que compartí un tiempo con José Francisco Hernández, quien era uno de los dos editores que tenía Planeta en ese entonces. Estaba en frente de Lourdes Betancourt, que llevaba derechos de autor, y pasando un pasillo estaban los dominios de Joaquín Mortiz, que eran defendidos primero por Angela, una espléndida correctora. Al fondo, estaba la oficina del don Joaquín Diez-Canedo: las leyendas parecían brotar de ese lugar. Aurora, su hija, tenía un despacho en el pasillo y antes de la oficina del viejo, estaba el lugar de Joaquín Diez-Canedo Flores, su otro descendiente.
El mundo de los libros en México era otro en ese entonces, hay que recapitular. Había una transformación profunda y silenciosa. Los grandes grupos (Planeta, Santillana, básicamente) tenían poco de haber llegado y sólo habían seguido en influjo mexicano. No había la voracidad que hoy vivimos. La competencia se libraba en la literatura, no en el comercio. Había un círculo literario más cerrado, más endogámico, lleno –como siempre ha sido-- de veleidades y disputas, y generosidades inmensas, pero más pequeño. Y, claro, sólo se veía hacia adentro: España parecía lejano, ausente, impasible: no era una obsesión marcada.
Ingenuidad, esa es la palabra con la que podría resumir esos días. No tenía idea que había decidido mi vida y mi carrera profesional. Ni el mundo que implicaba estar en la vida literaria desde ese lugar. Ni los juicios o prejuicios alrededor del oficio de editor ni sobre las casas editoriales. Ni la implicación de comentar un libro, un manuscrito o cualquier cosa sobre un colega. Tampoco estaba perdido en el universo: había vivido toda mi existencia, literalmente, oyendo nombres de escritores, títulos de novelas, hazañas literarias, odios inmensos y resentimientos brutales. En la sangre, en el inconciente, tenía noción de miles de códigos, reglas no escritas, modos de proceder y envidias mediocres que conlleva la República de las Letras. Tenía 21 años, no imaginaba el mundo. Estaba enredado en mi historia personal, enredado hasta la miseria.
Un día me acerqué a don Joaquín. Lo recordaba como lo había dibujado Abel Quezada en esas bolsas que tenía Joaquín Mortiz en los sesenta: con un bigote cano y una pipa colgando. Era igualito. También lo recordaba de alguna vez que había acompañado a mi padre a esta misma oficina. Le llevé, dedicada, una plaquette de poesía que me había publicado el último poeta surrealista de México, José de Jesús Sampedro, en la colección Praxis/Dosfilos. Ingenuo yo, pensé que algún día lo leería. Me acerqué con la arrogancia de la juventud, sin ningún temor, y le dije que le quería regalar mi libro. Me vio tranquilamente, pero con esos ojos llenos de malicia que nunca olvidaré. Lo tomó y lo hojeó instintivamente. Luego me preguntó:
--¿Usted quiere ser escritor?
Asentí con la cabeza, nerviosísimo, de pronto no sabía qué pasaba.
--Venga –sentenció.
Salimos de la oficina, esa especie de cueva coronada con un inmenso cuadro que nunca supe de quien era, supongo de Vicente Rojo, y doblamos a la izquierda, a un pasillo oscuro que no se veía de ningún otro lado. Había un librero de pared a pared, inmenso. Descubrí, no tan rápidamente, que estaba lleno de manuscritos engargolados, empastados, metidos en fólders, etcétera.
--Todos ellos también quisieron ser escritores –me dijo, carraspeando.
Lo vi a los ojos y se reía de mí, aunque su rostro era impasible, con la misma pipa, el mismo bigote, la misma mirada maliciosa.
En ese momento, creo, fui tratado como un alguien más, el adulto que dejaría de ser después de “joven escritor”, como alguien que debe estar preparado para el fracaso. No lo entendí entonces. Sentía que algo importante acababa de pasar pero no lo podía descifrar. No supe qué responder. Veía la pared de originales y ahí había miles de vidas reunidas en esos engargolados. Personas que no conocía, de diferentes edades, diferentes nombres, diferentes orígenes. Tiempo después conviví con mi propia pila de manuscritos. En una mudanza de oficinas, de la Del valle a la Florida, llené más de 8 cajas de estos.
Se vuelven fantasmas, a veces pienso, pero hasta ahora ninguno ha sido Cien años de soledad.
Lorena, que no sé dónde estaba

